La herencia de Schopenhauer

Publicado en por escabullidos

Portada: Antonio Costa lee a Schopenhauer © Consuelo de Arco

Portada: Antonio Costa lee a Schopenhauer © Consuelo de Arco

Estaba en el puerto de Gdansk y fui hasta la Puerta Dorada, visité el Museo del Ámbar, seres vivos de hace millones de años guardados para nosotros, insectos espléndidos y hojas otoñales que se comunican con nosotros a través de las edades, lirismos que lo atravesaron todo hasta nosotros, vi tiendas de ámbar por todas partes, collares, colgantes, broches, me quedé mirando pasmado como un niño, adiviné las músicas silenciosas metidas en miel, pasé cerca del pub Fantasma, pisé la calle donde nació Schopenhauer, caminé cerca de ese local donde seguía con su voluntad sorda un piano polvoriento.

Tal vez Schopenhauer concibió el mundo como voluntad al ver Gdansk tan animada donde todos querían hacer algo, que quería constantemente algo, alucinó con aquel espectáculo, pero más tarde se desengañó, llegó al pesimismo, dijo que la voluntad es fracaso constante, siempre queremos algo más y nunca lo conseguimos del todo, lo mejor es no querer nada como dicen los budistas, centrarse en el “quietismo estético”, contemplarlo todo a través del arte, pero no se ciñó tampoco al pesimismo, combatió siempre el final de su vida, nunca se calló lo que pensaba, tampoco Gdansk se calló, en ella surgieron artistas y escritores, nació Gunter Grass mucho después y escribió “El tambor de hojalata” en que aquel niño con su tambor loco rompía los cristales, Gdansk siempre fue desmesurada y bullente, siempre quiso algo, y todos la quisieron, la declararon ciudad libre unos años, cuando se llamaba Danzig, quería irse por el mar a todas partes.

Copa fabricada con ámbar | Jess Pac

Según Schopenhauer, en “El mundo como voluntad y representación”, el arte revela directamente las Ideas, pero para él las Ideas son concretas, ricas, vivas, no tienen nada que ver con los conceptos, no están en nuestra cabeza, están en el universo, el artista ve las ideas directamente, no se pone a elucubrar sobre ellas, tiene la Visión mejor que nadie, entonces el arte es la verdadera sabiduría, el auténtico conocimiento, y según Schopenhauer hay un arte que está por encima de todos, la Música, la música conecta directamente con la Voluntad, que es la Idea máxima, el origen de todas las cosas del universo, la música se puede someter a regulaciones y a programas pero en el fondo es el arte menos reductible a pensamientos, no necesita pasar por los pensamientos y mucho mejor si no pasa por ellos, afecta a la totalidad de nuestro ser, especialmente la que no se sujeta a ningún programa, como las sinfonías u óperas, la que sigue la libertad del fragmento, como los nocturnos o impromptus, se adapta a los caprichos de la inspiración, vive la sorpresa de los instantes, como la de Chopin, tiene una libertad profunda.

Pero en general el arte nos muestra la persistencia de las ideas, nos arrebata hasta ellas, nos hace ver visiones, Schopenhauer sigue en eso el idealismo naturalista de Schelling, también para éste la filosofía que surge del arte y la mitología es el supremo conocimiento, para los dos el arte manifiesta el espíritu del universo, pero ese espíritu para Schopenhauer es ansia sin límites y frustración, por eso hay en el fondo de todo arte una condición trágica, y el “quietismo estético” sería contemplar alucinado esa gran tragedia, por eso después la tragedia será para Nietzsche y Jaspers el principio de todo conocimiento, y el genio trágico deja a todos espantados, deshace todos los esquemas, va más allá de la comprensión de sus contemporáneos, es el visionario por excelencia, “el mundo es libre en su esencia y condicionado en sus manifestaciones”, dice Schopenhauer en “Sobre la voluntad en la Naturaleza”, y de esa libertad esencial surge el genio inspirado, el que no puede sujetarse.

También la mentalidad romántica también tenía esa idea visionaria del arte, para los románticos el artista va más allá de la realidad mezquina y se asoma al mundo superior de las ideas y los sueños, romanticismo es como decir novelismo, la palabra viene de roman, que significa novela, romanticismo sería reivindicar el mundo de las novelas antes que el de la realidad, los clérigos siempre desconfiaron de las novelas, en ellas se vive demasiado, plantean demasiadas cosas, e inquietan a la gente, y para los filósofos convencionales son chorradas, porque la novela va más allá de lo intelectual, de los conceptos que encierran el mundo, incluso ahora para mucha gente es poco serio leer novelas, como es poco serio ir al cine, pero a pesar de todas las maldiciones a través de los siglos la gente quería novelas, encontraba en ellas algo que faltaba en todos los demás textos, porque en ellas hablaba la rebeldía, los demonios, los dioses desterrados, nuestras fuerzas oscuras, nuestros impulsos, nuestras ansias, la novela siempre pondrá en cuestión los esquemas, siempre tiene algo de vital, en una novela hay vida o no es una novela, por eso sirven para conocer la vida, ya el nombre en español dice algo, novela viene del italiano novella, que quiere decir noticia, es decir, la novela indica que ha ocurrido algo, que hemos salido de la atonía y la rutina, que por fin ha ocurrido algo, que la vida se ha hecho vida, y los románticos veían la totalidad de la vida a través de las novelas, y a través del arte en general, como decía también Schopenhauer.

 

Arthur Schopenhauer | Arturo Espinosa

Estamos mucho más en las novelas que en el trabajo del banco, o en conducir un autobús, porque en la vida cotidiana simplemente nos mantienen a raya, y los grandes escritores van mucho más allá en sus novelas que en sus ensayos, incluso se desmienten descaradamente a sí mismos, a menudo dejan a la altura del betún sus propias teorías, por eso son muy superiores a los filósofos convencionales, porque en sus novelas sale lo reprimido, lo misterioso, lo inconcebible, y no digamos si son las de Dostoyevski, donde sale la fiebre, los criminales, los santos, las visiones extáticas, los endemoniados, las angustias más increíbles, los sufrimientos que nos manifiestan, las confesiones torrenciales en las bodegas, los idiotas que lo comprenden todo mejor que nadie, los intelectuales con lucideces atroces.

El romanticismo, o novelismo, vio toda la dimensión visionaria del arte, los románticos se apartaron de reglas, de clásicos, de imitaciones, vieron que la vida es original siempre y no sigue modelos, que nada grande se construye mecánicamente a base de reglas, que cada uno ha de ser libre para seguir su inspiración, para escuchar los dictados de la vida, vieron que hay más secretos y revelaciones en la noche que en el día, que la razón no sirve del todo para comprender el mundo, liberaron la inspiración y volvieron a ella sin complejos, llamaron de nuevo a las musas y recuperaron a los dioses, dejaron los academicismos resecos y salieron a recibir el viento en la selva, los románticos recuperan la divinidad del mundo, el resplandor de las Ideas en el mundo, como quería Schopenhauer, y sabían que no hay filosofía que valga, que hay que mirar a la vida cara a cara, que hay que ver las Ideas inagotables escondidas detrás de la cortina del mundo, que hay que mirar.

Y así es, hay que mirar, hay que apartar la cortina, toda la tradición occidental concibe la verdad como la adecuación entre el pensamiento y la cosa, algunos llevan el solipsismo de la razón al máximo y declaran que verdad es todo pensamiento coherente, de ese modo el pensamiento da vueltas de manera estéril sobre sí mismo y se olvida de las cosas, la Fenomenología a partir de Husserl y Scheler habla de Volver a las Cosas, de dejar a las cosas manifestarse, pero sobre todo Heidegger rompe con el encierro racionalista y vuelve a los presocráticos, para él la verdad es la aletheia, el no-ocultamiento, el des-velarse las cosas, la verdad es correr el velo, apartar la cortina, y ese des-velamiento ocurre por determinadas experiencias profundas que nos arrancan de la existencia inauténtica o Man, y nos permiten acceder al Ser, que según Heidegger es básicamente cuidado, inquietud, angustia, y esa experiencia se da sobre todo en los artistas, en los poetas, por eso Heidegger estudia a los poetas y sus visiones, especialmente Georg Trakl, y aunque usa a menudo un lenguaje muy abstracto y aburrido acaba por pasarse a un lenguaje poético, por eso habla de “sendas perdidas”, pero incluso cuando parece que juega con las palabras, por ejemplo cuando dice: “la esencia de la verdad es la verdad de la esencia”, no lo está haciendo, porque la cuestión es si existe una esencia, si el Ser tiene un contenido, y la poesía demuestra que sí, el Ser se revela a los artistas, les da visiones, se manifiesta como Inquietud, el arte revela el Ser, lo mismo que para Schopenhauer el arte revelaba la Voluntad universal escondida detrás de todas las manifestaciones.

 

Puerto de Gdansk. Motława | Kishjar

El arte aparece según Heidegger cuando un hombre se levanta del Man y empieza a vivir de verdad, tiene una experiencia metafísica, vive esa inquietud radical que nos revela el Ser, entonces la filosofía se libra de todo sistematismo y se resuelve en poesía, solo la poesía con sus imágenes contiene una verdadera sabiduría, un saber sobre esa esencia no sistematizable, Heidegger dice que la verdadera sabiduría nos la da la vida en las experiencias supremas, en ellas se rasga la vestidura y el hombre se vuelca en el Ser, y eso lo hacen los artistas radicales, los malditos como Trakl, porque maldición es estar radicalmente solo frente al Ser, no estar de acuerdo con las convenciones borreguiles, vivir la soledad radical y lúcida, hablar en nombre de la inquietud esencial, y qué más da si alguno han leído de manera sesgada sus libros, ya hemos dicho que la obra de un autor está muy por encima de sus afirmaciones, incluso de como él mismo interpreta su obra, de cualquier modo lo que ha aportado Heidegger es fundamental, su idea de la sabiduría poética, de la sabiduría del arte que ya apuntaba Schopenhauer, abre surcos inagotables para la cultura contemporánea, deshace el nudo gordiano del racionalismo, nos muestra qué ridículo es el solipsismo de la razón, trata de insuflar, como Nietzsche y Schopenhauer, un poco de vida en los conceptos académicos y en los manuales llenos de polvo que Nietzsche ridiculizaba en aquel capítulo “Los doctos”, de “Así hablaba Zaratustra”.

Yo estaba en Danzig, paseaba por la Vía Real desde la Puerta Dorada hasta la Puerta Verde, vagaba por el puerto, miraba los edificios espléndidos de la ciudad hanseática, aquella grúa de la Edad Media que aún continuaba voluntariosa, me asombraba ante el Viejo Ayuntamiento con el reloj negro y dorado, me asombraba con la Fuente de Neptuno y su reja llena de impulso, admiraba los remates impetuosos de la Casa de Arturo, me encantaba la Casa Dorada con su reunión de figuras esbeltas, de columnas llenas de voluntad.

Llegaba a la Puerta Verde, me atraía el largo muelle, la Isla de los Granos, los barcos poderosos que salían hacia el mundo entero, la Grúa más grande del mundo aún conservaba el mecanismo para levantar mercancías, veía a lo lejos el Museo del Mar, atisbaba los artilugios que extendían la voluntad por el mar.

Me iba por la calle Mariacka, admiraba la catedral de Santa María, ponderaba las agujas increíbles más allá de los árboles, recorría la torre rodeada de contrafuertes, alucinaba con un nido de cigüeñas en lo alto, sentía dolor de cabeza todos los días, creía que iba a morir, miraba por eso mismo con más intensidad que nunca, y afirmaba mi voluntad schopenhaueriana, mi vitalismo pesimista schopenhaueriano, sentía la extrañeza de pisar aquella ciudad, descansaba ante la Casa Inglesa con sus gabletes.

Gdansk estaba allí, donde Schopenhauer nació en la calle Swietego Ducha (callejón del Espíritu Santo), número 45, en 1788, donde su madre lamentaba que la ciudad decaía por culpa de los prusianos, Gdansk seguía allí, después de toda la Historia, después de que la nombraran Ciudad Libre, de que la convirtieran en un pretexto para empezar la Segunda Guerra Mundial, Gdansk seguía allí, y la casa de Schopenhauer estaba muy cerca de la Gran Grúa, me imaginaba que de niño jugaría delante de ella, que pasearía por el gran mercado y por la Vía Real y por la Isla de los Granos, me imaginaba que tomaría salmón en el restaurante Lososiem, pensaba que vería llegar los barcos con todas las riquezas del mundo, y que al mirar eso se le ocurrió que el mundo era esencialmente Voluntad, porque Gdansk tenía tanta voluntad, tenía tanto dinamismo, porque aquel puerto tenía toda la vitalidad del Báltico, el mundo era para él voluntad y representación porque en aquella ciudad había mucha voluntad y había mucha representación, aquella ciudad era como una obra de arte, como una música.

Para Schopenhauer las primeras emanaciones de la voluntad son las ideas platónicas, que son vivas y creadoras, no son abstractas y muertas como los conceptos, y el arte da a conocer las ideas, pero la música da a conocer la voluntad misma, es una visión del mundo torrencial y arrebatadora, y en ella lo perenne destaca sobre lo pasajero, como el arco iris sobre la cascada, y los grandes genios llegan a captar con sus visiones ese arco iris, lo cuenta en un pasaje inolvidable de “El mundo como voluntad y representación”, recuerdo cuando lo leí a los veinte años en Lugo, cuando me lo prestó un filósofo especialista en la filosofía alemana, y lo devoraba con pasión, me parecía asistir a un gran espectáculo, la vida se me hacía más interesante que nunca, y muchos años después , recordándolo, se me hacía también interesante en Danzig.

No sé si alguien quiere también la herencia de Schopenhauer. Si nadie la quiere, me la quedo para mí solo.

Publicado: el 02 de mayo de 2017 por para Revista Cultural Mito

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