“Acá está la realidad, en el medio de la villa”

Publicado en por escabullidos

En La Lagunita, zona sudoeste de Rosario, la mayoría de las familias se dedican al cirujeo. El carro es una herramienta de trabajo y el caballo, para muchas, un compañero de vida. El gobierno municipal estableció el fin definitivo, sin prórroga, de la tracción a sangre.  En los barrios golpea el hambre y la desesperación. “Solo queremos trabajar”, dicen los/as carreros/as. ¿Quién escucha sus voces?

“Acá está la realidad, en el medio de la villa”

Boulevar Seguí al 6000. El 125 se sumerge en una inmensa barriada: La Lagunita, una de las más populosas de la zona sudoeste de Rosario. Su nombre deviene de una vieja laguna que antiguamente se encontraba en Boulevar Seguí y Perú. El barrio comenzó a poblarse a comienzos de la década del 80, con cientos de familias, muchas migrantes, que lograron levantar sus casillas y ranchos, rellenar la laguna y radicarse en una zona que a pesar de ser inundable, para ellas, significa el lugar de pertenencia, la tierra que habitan desde hace tantos años.

La casa de Miriam Maldonado y José Funes, a quien todos apodan Tato, se encuentra sobre el Boulevar, esquina Provincias Unidas. Más adentro, por sus anchas calles, el barrio empieza a latir con el andar de los carros y caballos. En la Lagunita, la gran mayoría de las familias viven del cirujeo. Sin embargo, por estos días, esas mismas calles andan desoladas. La falta de trabajo, changas y la imposibilidad de salir a cirujear como lo hacían antes evidencia, en el rostro de cada vecinx, una enorme angustia.

-Vení, vamos a charlar con algunos carreros-, dice Tato.

Caminamos hasta llegar a la casa de Marisa y Antonio. Ella nos recibe en la vereda, el lugar donde las alegrías y las tristezas se comparten tanto como el mate. A Marisa se la nota afligida, preocupada. De a poco comienza a soltar algunas tímidas palabras.

-Soy carrera de toda la vida y en este momento no sabemos para dónde disparar. De qué vivir. Quiero ver qué solución nos dán, porque nos dicen que nos van a sacar los caballos y es lo único que tenemos.

Antonio es su compañero. 50 años. Tiene la vista dañada y los huesos doloridos. Es verdulero. Llega unos minutos después, cansado, con la bicicleta a cuesta y unos pocos huevos que salió a vender por el barrio.

Anda arriba de un carro desde que era un niño, junto a su papá. Con ese carro, que tanto cuida, se gana el dinero que alcanza para el día, sin pedir nada a nadie, mucho menos al Estado, asegura. Pero “hace dos semanas que estamos comiendo torta y mate porque no podemos salir. Ando con la bicicleta vendiendo huevos, no es vida eso. ¿Qué quieren del pobre? ¿Qué salgamos a robar?”.

Antonio y Marisa tienen una hija de 21 años y una nieta de 4. Venden verduras con el carro, en la Lagunita y Cabin 9. Al centro no van. “Tampoco le cargamos peso”, señala Antonio, como si debiera justificarse frente a las denuncias por maltrato que realizan las protectoras de animales.

El carro no es solo una herramienta de trabajo. Es también el único medio de transporte que tienen, por ejemplo, cuando en plena madrugada la urgencia los obliga a ir hasta un hospital. Es el carro que Antonio cuenta que heredó de su papá y el que resguarda en el patio de su casa por miedo a que la Municipalidad se lo incaute.

¿Y los caballos?, le pregunto. La respuesta no tarda en llegar. Para ellxs son sus compañerxs de toda una vida.

La decisión del Ejecutivo Municipal fue determinante. Caballo que anda por la calle, caballo que debe ser retirado por los agentes de Control Urbano. La Ordenanza N 8726 que prohibe la tracción a sangre venció en el año 2014, y la propia intendenta Mónica Fein, en su discurso que dio apertura a las sesiones ordinarias de este año, estableció un plazo político para el fin definitivo, sin prórrogas, sin concesiones: el 31 de marzo de 2017.

Desde ese día, la desesperación y la desazón es parte del sentir diario de lxs carrerxs. Son familias, muchas de ellas, que toda su vida han hecho lo que sienten como un trabajo: juntar todo tipo de residuos para poder vender. “Todo se vende”, señalan. Cartones, botellas, ropa, comida, chapa, fierros, vidrio, tergopol, papel, yerba, colchones viejos que nadie junta. “Juntamos hasta la mugre que deja la propia empresa de residuos. Nosotros vamos y levantamos todo. Y queremos trabajar”. Pero además, muchxs quieren a sus caballos con los que conviven, en algunos casos, desde hace más de 20 años.

Marisa mira hacia el frente de su casa. Allí fija la vista y allí están sus tres caballos, reposando en la sombra, bajo algunos árboles. La yegua ya tiene diez años. Mira, piensa, pero no encuentra consuelo. “Nos cortaron los brazos. Hoy los vecinos nos trajeron un poco de fideos con pollo porque no teníamos para comer. A nosotros nos arruinaron mal. Lo único que puede hacer mi marido es andar en el carro por las dificultades que tiene”.

En los ojos de Miriam Maldonado se desnuda la impotencia. Lleva más de tres horas encadenada a las puertas del Concejo Municipal de Rosario. Está nerviosa. Tiembla, llora. Con entereza, levanta su voz para gritar por lo que cree justo. Por su dignidad.

En su mano izquierda sostiene una pequeña botella de alcohol con la que horas antes había amenazado prenderse fuego; en la otra tiene anudada la cadena que comparte con Luis, otro carrero. Los dos están atados al enorme portón de madera, en la esquina de 1 de mayo y Córdoba. De allí no se van hasta que alguien les dé una respuesta.

Cecilia tiene hijos y nietos carreros. Ella también lo fue. Es de Saladillo. “¿Qué tanto les molestamos?”, pregunta.

“Yo quiero cirujear con mi caballo, es mi compañero, mi caballo es todo”, la escucho a Miriam decir frente a la cámara del Canal Somos Rosario, con la voz entrecortada. “Nadie nunca se arrimó a los carreros, nunca se metieron en la villa a trabajar con nosotros”, suelta Luis, cinco hijos. Él también decidió encadenarse.

A pesar de las protestas, las respuestas para la situación de emergencia en la que se encuentran, tardan en llegar. La única que ofreció la Municipalidad es la de otorgar una ayuda económica de solo dos mil pesos y otros dos mil, 15 días después. Algunxs carrerxs accedieron frente a la imposibilidad de salir a cirujear. Muchxs otrxs decidieron no hacerlo. “Nosotros queremos trabajar, no queremos ningún subsidio del Estado”.

A unos pocos metros de la casa de Marisa, los 60 años de una mujer arrastran con dificultad el peso de un carro amarrado a una vieja bicicleta. “Mirá”, dice Tato. Y la señala. “Ahí tenés, tracción a sangre humana. ¿Es justo eso?”.

Los testimonios se reiteran. No es solo una familia. Son miles de carrerxs que atraviesan situaciones similares. Juntxs están motorizando diversos reclamos frente a la Municipalidad y también en el Concejo Municipal.

Trabajar “hasta que pase el cimbronazo”, sostienen las familias. Hasta que ese “cimbronazo” les dé un respiro. La decisión del Ejecutivo es cuanto menos inoportuna, frente a una situación crítica en materia social y económica. El cimbronazo del que hablan lxs carrerxs es la falta de trabajo que se agudiza desde hace un año. Es el aumento de precios; el cierre de fábricas, la desocupación y su consecuencia inmediata: la falta de trabajos informales en los barrios. Es lo que no alcanza ni para el puchero, cuando antes se preparaba con las sobras de la carnicería del barrio, cuentan. Es el ajuste que golpea con crudeza en las vidas de las personas que más vulnerados tienen sus derechos.

Tato repite una y otra vez. “Ellos no entienden. Tienen que venir a la villa, y ver cuál es la realidad. ¿Qué alternativa hay si dejás a la gente sin trabajo? Si nos dan un vehículo, ¿qué hacemos? Al vehículo hay que mantenerlo, un repuesto te cuesta 500 pesos, la nafta, el casco, el seguro. ¿Y para qué te sacan el caballo? Para que se muera de hambre. Es como si a vos te quitaran tu perro. ¿Sabés lo que tienen que erradicar? Los búnker, los transeros que llevan a los hijos de uno a soldadear, a hacerse matar por nada. No el trabajo”.

Miriam y José tienen nueve hijxs y seis caballos. El Alexis es el más viejo de todos, 26 años acompañándolos. “Es el jefe de la familia”, cuentan. Y Miriam relata una anécdota que probablemente nunca olvide. Una noche, a raíz de una hemorragia interna que ella sufrió, tuvieron que correr hasta el hospital más cercano de villa La Lagunita. No tenían plata para poder trasladarse. Su único medio de movilidad era su caballo. “Fue una cuestión de vida o muerte. El Alexis me salvó la vida”.

Hablar de los caballos, para muchxs carrerxs, es hablar de un vínculo afectivo que a muchxs les cuesta entender. Miriam lo dice claramente: “para mí el caballo no es una herramienta, es un compañero”.

Esto escribió hace pocos días en su muro de Facebook: “Alexis, mi fiel compañero de la calle mi amigo cuantas veces pasamos frio, calor, lluvia. Te acordas cuando cayeron esas piedras que nos rompió el lomo y te quedaste quietito para que no me lastime y ahora me dicen que me tenés que dejarme por una ley que ninguno de los dos sabemos que delito cometimos. Quiza por que le damos vergüenza que vos sea un caballo y yo una ciruja”.

Tato suma: “Si me lo sacan me muero. A nosotros el caballo nos crió a todos los hijos. Ellos no se imaginan el daño que les hacen a la gente. Mucha gente entregó sus caballos por 10 mil pesos que ofrecía la Municipalidad, pero después se dieron cuenta que con esa plata no les alcanzaba para nada. Acá hay un hombre que entregó unos cuantos y a cambio le dieron un juego de herramientas de jardinería para utilizar entre siete familias. ¿Y ahora quién te va a dar trabajo?. Tenés que ver cómo los cuida. Se levanta a las 6 de la mañana, agarra una guadaña y se va a cortarle una carrada de pasto. Y ahora, se quedó sin poder moverse, porque no tiene vehículo, no tiene otro medio para trasladarse que no sean sus caballos”.

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La historia de vida de Miriam y Tato no escapa a una historia de desigualdad y dificultades cotidianas. Ambos trabajan en el relleno Gallino. Día por medio se turnan para ingresar a la planta de residuos de Bella Vista y recolectar todo tipo de basura que luego, venden en alguna compraventa o en las grandes ferias de los barrios, donde, dice Miriam, todo se consigue a solo cinco pesos. No cuentan con elementos que los protejan, ni con guantes ni con botas.

“Nosotros estamos contaminados”, confiesa ella, casi con resignación. “Es la realidad. Pero ya estamos adaptados a eso. La vida nuestra es así.”

Miriam se crió caminando junto a un carro. “Pero es muy feo cirujear así”, dice. “La pasábamos duro”. Nació en 1972, en la provincia de Buenos Aires, en Merlo, y se exilió con su familia en Chaco, durante los años de la dictadura militar. Amenazados de muerte, debieron dejar su lugar natal para llegar al Chaco en un Tren Carguero. En busca de un futuro digno, en 1983 viajaron a Rosario. “Mi papá no tenía trabajo y nos fuimos a vivir a un basural”. Se instalaron en la zona de Uriburu y Las Palmeras. “Ahí vivimos años, entre medio de la basura, teníamos una carpa de naylon. Ahí nacieron mis sobrinas. Somos dos hermanas, mis dos hermanos varones ya fallecieron”.

Con el tiempo, Miriam se radicó en La Lagunita. Al principio, en un rancho de paja. “No teníamos nada de nada. Empezamos a poner palo, chapa, y así lo fuimos levantando. Después me casé, tuve 4 hijos con mi primer matrimonio y a él lo mataron. Y después al tiempo, me junté con el Tato”.

“Hice de todo y no me avergüenzo de nada. Me quedé viuda cuando todos mis hijos eran chiquititos, y había días en que no teníamos para comer o para llevarlos al hospital”, sostiene con firmeza. “El carro me enseñó muchas cosas”. La sobrevivencia es una forma de vida. Una manera de resistir frente a la enorme desigualdad e injusticia social que obliga a una gran población a subsistir reciclando y recolectando todo tipo de desechos. Hoy, Miriam intenta que la voz de lxs carrerxs sea escuchada. Con la dignidad que encarna en sus ojos, en sus manos curtidas, en su cuerpo de mujer trabajadora. Y sobretodo, pelea, hasta con cadenas en sus muñecas, para evitar que le quiten sus caballos.

La Ordenanza N° 8727 que regula el fin de la tracción a sangre fue aprobada hace siete años atrás. En la misma se establecía progresivamente la erradicación del uso de caballos, proponiendo cursos de capacitación en recolección y reutilización de residuos, el reemplazo por nuevos vehículos, la creación de un registro de recolectores informales y, en teoría, “evaluar la situación social de cada persona y/o grupo familiar a fin de gestionar, de ser necesario, su inclusión en los diversos programas a nivel municipal, provincial o nacional; como así también emprendimientos en el ámbito privado.” También contemplaba la Creación de un Comité Ejecutivo de Coordinación y Acción, con la intervención de diferentes áreas. La de Sanidad Animal y Control del Equino a cargo de la Dirección de Control Urbano, la de sensibilización y cuidado del animal, de Promoción Social.

Pero poco se hizo para que esta Ordenanza sea efectiva y se cumplan cada uno de sus artículos en los plazos estipulados: 1 año para la inscripción al registro de animales utilizados para la recolección informal de residuos (solo se chipearon 1800 caballos) y la entrega de la Libreta Sanitaria. Y tres años, una vez realizado el registro, para el reemplazo definitivo de los vehículos que utilizan tracción a sangre animal.

Vencidas las fechas, en el año 2015 la Municipalidad lanzó el llamado “Programa Andando”, un proyecto que ofrecía alternativas laborales para que, progresivamente, los carreros pudieran dejar el cirujeo como medio de vida. Para eso, debían entregar sus caballos a cambio de una ayuda económica que les permitiera comprar herramientas de trabajo, además de ser capacitados en distintos oficios y en la formación de cooperativas. La Municipalidad asegura que el programa “fue un éxito” y que más de 1300 familias se inscribieron al programa, mientras que solo fueron 200 las que decidieron no hacerlo.

Carreros, cooperativas de cartoneros y organizaciones sociales y ecologistas sostienen todo lo contrario. Y aseguran que son miles lxs carrerxs que no encontraron respuestas con el Programa Andando. “No se trabajó socialmente”, refiere Miriam para quien, probablemente, muchos hubiesen aceptado dejar el carro, y otros, que son carreros de toda la vida, no. “Como nosotros”, reconoce. También sostiene que el proyecto de formar cooperativas no funcionó, no hubo seguimiento ni apoyo para lxs carrerxs. A su lado, Tato agrega: “Así de prepo no van a llegar a nada, tienen que trabajar con la gente y después el hijo del carrero ya no va a querer subir al carro si vé que le va a mejor, pero no así, sino qué vamos a hacer. Si nos sacan el caballo, ¿los pibes qué hacen? Sería bueno que la Intendenta vaya a una villa a las 12 del mediodía cuando llegan los carros y ahí se va a dar cuenta de lo que estamos hablando. Ahí esta la realidad, en el medio de la villa. Nosotros vivimos al día, consumimos todo lo que ganamos en el día. Queremos que nos dejen trabajar tranquilos y que nos dejen nuestros caballos. Y a las protectoras de animales, les decimos que se fijen como están los caballos en el corralón y que se fijen en las criaturas, en la gente pobre. Que se fijen en el caballo pero no tan agresivamente, somo trabajadores. Nadie tiene por qué sacarnos nuestros animales”.

Foto: Coop. La Brújula

Foto: Coop. La Brújula

Las cooperativas de cartoneros comparten la mirada y también reclaman por un proyecto que los incluya en la recolección formal de residuos. Mónica Crespo, referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) decía hace pocas semanas, al Semanario El Eslabón: “Los compañeros entregaron el carro y el caballo, hicieron los cursos y hoy no tienen nada. No tienen herramientas ni subsidio”. Hace un año atrás, sus palabras ya anticipaban la situación: “Soñamos con tener una vida digna, que nuestros hijos no tengan que subir al carro también. Eso no quiere decir que sea indigna esta vida, pero es muy sacrificada. Los pibes se tienen que embarrar, cortar, con frío, calor, lluvia, ellos tienen que salir, porque tienen familia”. “Y si las autoridades ven al caballo lastimado tienen razón en sacarlo. Pero es nuestra fuente de trabajo, nosotros no los podemos tener maltratados”. “El caballo tiene que comer todos los días, el ser humano también”. Ya en el 2015, Mónica también refería al fracaso del Programa: “El verdadero centro del problema no es el caballo, es la pobreza, y ante la pobreza no hay ninguna política para avanzar”.

El Taller Ecologista, organización que viene acompañando a las familias en su reclamo, y que cuenta con un área específica de residuos urbanos, también opina que lo que faltan, son respuestas concretas del Estado que atiendan la problemática y las necesidades de un enorme sector informal, complejo y heterogéneo como lo son cartoneros y carreros.

Mirko Moskat explica a enREDando: “La ordenanza se aprobó a fines de 2010 y planteaba un proceso de trabajo con los carreros para brindar alternativas a la tracción a sangre. La verdad es que se llegó al plazo que había estipulado la ordenanza, a fines de 2014, casi sin ningún avance. Fue en ese momento, en que la Municipalidad lanzó el Programa Andando, que desde el comienzo fue conflictivo. Anunciaban que la gente se tenia que inscribir para dar alternativas y que en dos meses se iba a terminar la tracción a sangre. Después lo fueron extendiendo, pero lo cierto es que las alternativas que ellos brindaron no le servían a la gente. Eran capacitaciones que no aseguran un trabajo, en algunos casos se lograron armar muy pocas cooperativas, en otros casos empezaron en procesos de organización para poder armar una cooperativa y no tuvieron la respuesta adecuada del Municipio. Tuvieron una capacidad de respuesta absolutamente limitada frente a la demanda que implica trabajar con una población sumamente importante como son los carreros que no son 200 como dicen que ahora quedan, sino que son 1500 o más. El proceso del Andando a nuestro criterio fue un fracaso, y esto se evidencia en las protestas que se viven todos los días. El conflicto va a seguir en la medida que el Ejecutivo no revea su política.”

Desde la organización con más de 30 años de trayectoria, proponen un proyecto con inclusión, fundamentalmente. “Pensar como integrar a los recuperadores informales a procesos más formales de reciclaje y recuperación de residuos. En general, los gobiernos municipales los piensa como un problema. Y nosotros pensamos que pueden ser parte de la solución. Son sectores que tienen experiencias en el manejo de los materiales, cómo clasificarlos, identificarlos. Y aparte, habiendo una Ordenanza que plantea avanzar en un proceso de maximización de los procesos de recuperación de residuos, nos parece que lo justo es que se haga en conjunto con quienes ya vienen desarrollando esta tarea de manera informal y precaria pero que hoy en día y siempre fue así, la mayor cantidad de materiales que se reciclan es por la actividad de los cartoneros. Sabiendo que no son procesos fáciles y que a veces son sectores que no están acostumbrados a trabajar colectivamente. Hay carreros que probablemente quieran dejar la tarea por alguna actividad productiva y en ese sentido, el Municipio debería dar respuesta a eso para poder facilitar esa transición, pero sabemos que hay un amplio sector que quiere seguir haciendo eso, porque es lo que hicieron toda la vida, lo que hicieron sus padres. Y el desafío es cómo pensar esos procesos de integración de su actividad”.

Para Mirko, “el Municipio nunca tuvo la voluntad política de iniciar esos procesos de inclusión social de manera más masiva. Los procesos de inclusión se han dado de manera muy restringida, con pequeños grupos que ocuparon eslabones bien específicos, básicamente el trabajo de clasificación en plantas de tratamiento, pero siempre estuvo la política de que el ciruja no esté en la calle, y los procesos entonces, han sido la de habilitar plantas de tratamiento, en algunos casos con mucha precariedad”.

A nivel provincial, existe un proyecto de ley presentado en el año 2016 por el Diputado del FSP Carlos Del Frade que propone reciclado con inclusión. Básicamente el objetivo es que “se declare como Servicio Público a la Gestión Social para la Recolección Diferenciada, que tendrá por objeto la gestión integral de los residuos sólidos urbanos”.

Desde sus bases, el proyecto busca que se reconozca a los trabajadores pero también apunta a otras problemáticas vinculadas, como es el cuidado del medio ambiente. Algunos de sus puntos establece la separación, la recuperación y el reciclado de residuos con el fin de cumplir con los objetivos de la ley de Basura Cero; la propiedad pública de los Residuos Sólidos Urbanos, la gestión social de los mismos, lo que implica la inclusión de los recolectores urbanos (carrerxs y cartonerxs) que ya lo vienen haciendo informalmente. “Es necesario que el Estado implemente efectivamente convenios con cooperativas existentes o por crear”. También contempla el reconocimiento laboral y condiciones dignas de trabajo garantizadas por el Estado.

Por su parte, el Frente Ciudad Futura también propone, desde el Concejo Municipal, la posibilidad de avanzar en soluciones concretas para lxs carrerxs. “Es imprescindible entender bien lo que discutimos acá, porque hace algunos días la cosa se plantea como si algunos estuviéramos de acuerdo con la tracción a sangre y el maltrato animal y otros en contra. La tracción a sangre no se discute: todos estamos de acuerdo en eliminarla. Lo que se juega acá es que no pierdan los sectores más postergados. Parece mentira que algunos intenten distorsionar la discusión, pero lamentablemente es así. Nuestra propuesta sigue siendo generar un sistema formal de recolección de residuos secos, donde los carreros estén formalizados, con zonas de la ciudad asignadas para que la recolección además genere el reciclado de esos residuos”, señala el Concejal Juan Monteverde. “No se logró en seis años reconvertir a todos los carreros. Busquemos un espacio de diálogo para encontrar una solución”.

En sintonía, la concejala Celeste Lepratti se expresó: “consideramos que el Ejecutivo debe reevaluar la decisión anunciada de retirar los carros en la ciudad mediante la fuerza y propicie espacios de diálogo para avanzar con otras perspectivas que ponderen a los caballos pero también a las familias cuyo sustento depende de ésta actividad, pensando por ejemplo en el desarrollo de una gestión social de los residuos. Para avanzar con el cumplimiento de la Ordenanza 8726 – que se propone el reemplazo de los vehículos con tracción a sangre animal- se hace necesario desarrollar uno de los sentidos fundamentales de la misma, esto es, evitar impactos negativos en la situación laboral de los carreros, proponiendo efectivas alternativas laborales así como propuestas superadoras para el ejercicio de la actividad que vienen desarrollando”.

En declaraciones a medios locales, Monteverde remarcó la necesidad de que exista una mesa de diálogo con el Ejecutivo: “nosotros no podemos prorrogar la ordenanza. Lo que hay que hacer es una política de Estado, porque hoy, de hecho, los compañeros no tienen trabajo y se la empiezan a rebuscar como pueden. Nos contaban hoy que duermen con el caballo adentro de la casa porque tienen miedo de que pase la policía y se los quite. Hay que bajar los decibeles entre todos, hay situaciones muy angustiantes y ver cómo seguimos con una propuesta superadora.”

Para Moskat, del Taller Ecologista, también es necesario diferenciar la tracción a sangre del maltrato animal. No todo es lo mismo y no todos los carreros descuidan a sus animales. “Es un trabajo que puede ser forzado pero eso no significa maltrato, en términos que el maltrato es una categoría regida por una ley nacional que hace que eso sea un delito. Históricamente las personas han utilizado caballos. Respetamos la postura de algunos sectores que plantean que los animales deban ser liberados de los usos que hace el hombre, pero vemos peligroso llevar al extremo esta postura contra sectores muy vulnerables. Nos preguntamos desde qué lugar una sociedad puede plantearle a estos sectores que dejen de usar sus caballos cuando la sociedad en su conjunto utiliza animales de mil formas. Cuál es el derecho de la sociedad a objetar este uso particular y en todo caso, no buscar otro tipo de abordajes que buscan cuidar al caballo y cuidar a las personas. Muchos de ellos tienen una relación afectiva con el caballo, y mucha gente ha caido en situaciones de mucha depresión por tener que imaginarse la idea de dejar el caballo porque tiene una relación de afecto muy fuerte y lo cuidan muy bien”.

“Que vaya la Municipalidad a ver cómo tengo mis caballos. Ellos son mi vida, mis compañeros”, desafía Tato. La pregunta se instala: ¿Qué tipo de control realiza el Municipio para corroborar el estado físico de los animales? ¿Qué apoyo y asesoramiento impulsan para que lxs carrerxs puedan cuidar de sus caballos? En el año 2005 funcionó un programa piloto justamente en el barrio La Lagunita. Fue impulsado en ese entonces, por el gobierno municipal en conjunto con la Facultad de Ciencias Veterinarias. Se logró instalar un consultorio veterinario en el barrio donde diariamente las familias concurrían para asesorarse y consultar sobre la salud y cuidados de sus animales. El proyecto no continuó por falta de voluntad política y hoy, la veterinaria permanece cerrada.

En Villa Oculta, ciudad de Santa Fe, la realidad no difiere demasiado. Allí vive Petrona y dice: “Es ver a los compañeros con la cabeza gacha, que te dicen “no tengo nada, perdí los negocios, no tengo para darle de comer a mis hijos”. Te da tristeza decir “no quiero salir porque tengo miedo de que me agarre SOS caballos o la policía y me quite el caballo” “Tengo miedo de salir a trabajar”¿vos entendés lo que es eso? Y al gobierno no le conviene que venga el turista y vea la pobreza, entonces sacaron los carros del centro. Sí vemos las mejoras que se están haciendo, en los barrios no hay nada. Tenés que salir y cortar una ruta para pedir que en tu barrio se eche una mierda de ripio. Pero los bulevares se los viven arreglando, ponen planteras en el medio de la calle, escaleras mecánicas, estacionamientos subterráneos que te tiran a la mierda un parque, los árboles, no les importa. ¿Y el pobre? Pobreza cero. Hay que exterminarlo al pobre, que no cirujeen más, que se caguen de hambre.”

Es feriado, semana santa. No hay torta asada ni pan que acompañe el mate en La Lagunita. La calle es el espacio donde sus voces se hacen sentir. Es el lugar donde la vida diaria se transforma en una sobrevivencia constante. Trabajar en carro no es delito, repiten hasta el cansancio. Para Miriam, esto recién comienza. Se refiere a un conflicto que lleva años en la ciudad y a una realidad inocultable: la de miles de familias que solo tienen el cirujeo como medio de sustento. “En cada villa hay por los menos cincuenta carros, de un carro viven 7 u 8 personas. Hay quienes llevan verduras, llevan carne. Hay dias que a la madrugada sentís el carro y es porque llevan a alguien al hospital”, dice.

Y vuelve a repetir, señalándole al Estado su enorme responsabilidad: “Ellos no se ocuparon, te dieron el diploma y ya está, pero no se preocupan si la gente va o no a la capacitación. 2000 mil pesos nos dan ahora, y ¿después? No nos sirve. ¿Qué hacemos después?”

Publicado: el 24 de abril de 2017 por enredando, comunicaión popular

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