Clics modernos

Publicado en por escabullidos

En los retratos de la fotógrafa Nora Lezano se ven los gestos de la tercera generación del rock argentino. Comenzó a cubrir shows a los veinte años, casi sin querer, e hizo más de 250 mil fotos, muchas históricas. Ahora, lejos de esa furia, se dedica a contemplar la naturaleza y leer a Carl Jung.

Clics modernos

Ella dice que fue en 1992, en el festival Septiembre joven. Todavía recuerda la plenitud que sentía mientras fotografiaba en vivo a Divididos, a Los 7 delfines, a A77aque, a La Portuaria. Nunca en mi vida voy a dejar de hacer esto, se decía a sí misma. Eran tiempos de rollos y revelado, de no saber qué había conseguido hasta que llegaba a su casa y hacía los contactos. Nunca planeó ser artista, estudiaba biología en la UBA y su vínculo con la fotografía empezó porque una amiga le pidió que la acompañara a un curso. Su amiga dejó a los dos meses. Nora continuó, juntó plata y se compró su primer equipo. Después cruzó su pasión por el rock y se mandó a sacar fotos en los conciertos que iba a ver. El resto sucedió solo.

La muestra que lleva por el país se titula Fan. En esa palabra de tres letras hay un resumen de su experiencia como artista: la semilla que devino en bosque. Su primer posicionamiento estético es mostrar a los rockeros como simples personas que hacen música. Pero no es el único. Detrás hay un sentimiento irracional, propio de alguien que sabe sobre eso de dejar todo por ir a un concierto. De alguien que curtió la escena rock. Porque una cosa es ir a cubrir un concierto. Otra muy distinta es ser un fan y hacer una cobertura desde esa óptica. No se aprende, no se incorpora: ser fan no es un oficio.

Logró amistad con casi todos los músicos que fotografió, en especial con Charly García y Fito Páez. Con ellos tiene anécdotas para escribir una enciclopedia. En marzo de 2000, cuando García saltó desde el noveno piso a la pileta en el hotel de Mendoza, Nora estaba en el octavo mirando la televisión con María Gabriela Epumer. Lo vio pasar por la ventana. Cuando se asomó, Charly ya estaba nadando. Y Fito, además de contratarla para que le hiciera fotos de tapa para sus discos, la incluyó en la composición de Mi vida con ellas. “Dejá la cámara y ponete las plumas, dale”, le dijo.

Fueron veinticinco años. Cada imagen que capturó está guardada en cajas, a la temperatura adecuada. Nora Lezano tiene setenta cajas con cien negativos y los respectivos contactos de cada una. Además, una tonelada de discos con las que sacó en digital. Son más de 250 mil fotos, de las cuales eligió poco más de cuatrocientas para Fan. Dedicó dos años. Las miró todas y las seleccionó con criterio fotográfico, más allá del peso específico de las figuras. El resultado es un recorrido que retrata, de punta a punta, la tercera generación del rock de acá. Sus fotos documentan la irrupción del denominado nuevo rock argentino, con bandas como Babasónicos, Los Brujos, Massacre, El Otro Yo, Peligrosos Gorriones, Pez y muchos más que en ese entonces comenzaban a cambiar la manera de hacer las cosas. También están los de la escena heavy, los punks, los indie, los internacionales, el público, los baños, las pintadas en la calle, púas, listas de temas y demás tesoros de la orfebrería del rock. A los consagrados de los ochenta los muestra triunfales, muy cómodos en el salón de los clásicos.

Nora siente que en sus imágenes teorizó sobre una etapa central del rock argentino, pero nunca fue consciente del valor sociológico ni estético de su trabajo hasta que se vio colgada en un museo de arte contemporáneo. “Te soy sincera, recién ahora veo la obra y digo puta madre, no puedo creer lo que hice. Yo no pensaba ser fotógrafa y mirá, acá estoy”.

¿Se puede desde una foto marcarle el camino a la imagen del rock?

—A ver, la fotografía no es la realidad. Es una representación de la realidad. Entonces, lo que uno ve acá no es tal cosa. Pero sí, se puede marcar un camino estético. Mi propuesta es despojar al rock del circo. Me gusta trabajar sola. Para la producción de algún disco puedo llevar a algún asistente, pero generalmente voy sola. Agarro la cámara, me tomo el tren, voy pensando. En una foto siempre hay dos mundos, con vergüenzas y con histerias y malas ondas y con relax. Son dos, siempre.

¿Dónde creés que está el rock en tus imágenes, más allá de haber elegido a artistas de rock?

—Primero definime rock.

No, por favor, hablá vos. Decime qué entendés por rock y decime dónde está en tus imágenes…

—(Risas) El rock es actitud. El rock de mis imágenes está en la intención de despojar a estos rockeros de la actitud de rockeros. Vos te mostrás así, bueno, yo veo de dónde puedo sacar más.

¿Cómo lográs que una estrella te regale un gesto distinto, que se identifique en tu fotografía?

Hay que abrirse uno también. A veces hago una foto donde le pido a la persona que se pare de determinada manera. En el cuerpo uno puede ver la timidez y la vergüenza. Entonces, para relajar, o para que parezca relajada, le pido que tome determinada pose. Y le muestro la pose con mi propio cuerpo, para ver si yo la puedo hacer. Si yo la puedo hacer, se lo pido. Y la otra es no caretear en nada. Si uno pide sinceridad, tiene que dar sinceridad, si no, no vale.

Y vos como fan, cuando tuviste contacto con los músicos que admirabas ¿bajó la intensidad de la magia?

—Sí. Un poco. Hay algo de eso de que no es recomendable conocer a la gente que admirás. Pero también, en algunos casos, se potenció. Uno tiende a idealizar, pero yo cuando decidí fotografiarlos, incluí el dolor y la decepción de verlos a mi altura. Son personas. Pasé de llevar mi carpeta del colegio forrada con la cara de Cerati a tenerlo de igual a igual. Y sí, se te frunce un poco. Y está buenísimo. Pero claro, también se ven las miserias. Pero es mejor mirar lo que nos dan como artistas. A mí nunca me interesó la farándula, nunca fui de esas fans. Yo preferí siempre la obra a la realidad de sus personas. Fui generando vínculos y esos vínculos, creo, han jugado a favor para mostrarlos de forma más íntima.

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La composición fotográfica es un tema que deja en segundo plano. Su metodología es hacer, sin buscar demasiado. Nora Lezano recuerda que un fotógrafo de muchos años le destacó una virtud de su trabajo: es bueno que haya horizontes torcidos, desencuadres, objetos fuera de foco, le dijo. “Creo que es así. Lo primero es otra cosa, yo voy por otra cosa”, dice ella. En cuanto a las luces, tampoco trabaja con demasiada infraestructura, el noventa por ciento de sus imágenes están hechas con luz de ambiente. Y cuando hay luces, no hay más de tres. A Nora le importa la relación que se logra con el artista, si es fluida las fotos van a salir bien. En el vivo es distinto, porque la situación se va de control, por las condiciones, por el que empuja, por el que tira un monedazo, por el equipo que se moja. “Ir a un recital a sacar fotos te impide disfrutar del show, hay que estar realmente muy atenta. Y a veces hasta es bueno dejar de sacar fotos, para disfrutar de la música. No hay que fotografiarlo todo”, aclara.

Es curioso, Nora termina de decir que no hay que fotografiarlo todo, hace un silencio, toma un sorbo del cappuccino que había pedido hace dos minutos y con la vista clavada en los movimientos de la calle reconoce que en un momento de su vida tuvo el impulso de fotografiarlo todo.

¿Qué es todo?

—En paralelo con mi trabajo de fotógrafa de rock, hice un registro de mi vida. Desde 1997 hasta 2002 me saqué a mí misma más de diez rollos de fotos por día con una camarita compacta. Registré todo, desde el café de la mañana hasta mis amigos, mi entorno, mis cosas. Todo. Y como no podía copiar, me quedó toda mi vida en hojas de primeros contactos. Tengo los negativos revelados. Son fotos mías.

Te adelantaste a instagram y a todas las plataformas digitales que hoy estallan con esa lógica en el mundo. ¿Usás alguna?

—No, casi nada. Tengo instagram hace dos meses y no le doy mucha bola. Mi representante me aconsejó que tenga una cuenta. Ahí está, qué sé yo.

¿Y vos como fan? ¿Dónde estás?

—Ahora soy fan del silencio (Risas). No salgo mucho, vivo en provincia, me gusta más el día que la noche y disfruto mucho de mi jardín. Escucho poca música. Me escucho a mí misma. Sigo viendo a mis amigos rockeros y voy de tanto en tanto a algún show, pero voy sin la cámara.

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La locura se fue apagando, lo dice sin vueltas y hasta da la gracias. “Creo que esta decisión significa que una le da bola a lo que desea. Si ahora viviera como vivía a los veinticinco, a esa velocidad, no sería feliz. Y podría haberlo hecho, no tengas duda, estaba muy cómoda en el lugar que estaba. Pero hay que saber soltar y poder soltar. Poder decir adiós es crecer, como dijo Gustavo”, dice.

¿Qué te movió a tomar esa decisión?

—Fue paulatino. Yo dije basta, no hago más fotos de conciertos de rock. Me parece que cuando sentís que no metés la misma pasión ni la misma calentura, es momento de parar. ¿Qué tengo ganas de hacer? Estar en mi casa viendo cómo crecen las plantas. Bueno, vamos a eso entonces. No hay que seguir en el rock. Ya ni miro las revistas, ni tengo idea de cómo se trabajan las fotos hoy en un show de rock. Leo otras cosas. Cambié el rock por [Carl] Jung.

¿Jung?

—Sí, me encanta. Estoy leyendo El libro rojo. Es muy difícil y complejo, pero me encanta. También me gusta consultar el I-Ching. Tiro las monedas, busco el hexagrama. Es un momento muy mío. Muy interesante. También me gusta leer a [George] Gurdjieff y a [Piotr] Ouspenski.

¿A qué le hacés fotos hoy?

—Saco fotos de mis viajes y a la naturaleza, árboles y perros, con una cámara de formato medio. Esos son mis focos ahora. Lo bueno es que con esas cámaras uno respira. Son diez fotos nada más. Y hay que tomarse el tiempo para hacerlas bien. Te baja un par de cambios.

¿Y ahora que la ves de afuera, qué sensación te generan los fans?

—Los fans me dan ternura. Son personas que ofrecen una amor incondicional, que se vuelven a la casa sin remera, sin zapatillas, que se toman mil colectivos, que viajan. Que se quedan a esperar al artista hasta la hora que sea. Eso es amor. Y ese amor me da ternura. Sí sigo haciendo tapas de discos, pero no voy a los shows porque prefiero estar en un lugar cómoda, ya lejos de esa demencia de un concierto.

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Demencia era cubrir conciertos como los de Sex Pistols o The Stooges, recuerda. Nora se tapaba el cuerpo con un traje de plástico para evitar que las escupidas le cayeran en el pelo o en la cámara. Lo mismo con la transpiración condensada en los lugares cerrados. Cuando volvía a su casa, en la mayoría de los casos, las remeras terminaban en la basura. Sólo sobrevivió una campera que la acompañó en casi todos los conciertos. Le tomó tanto cariño que cuando ya era imposible volverla a usar la mandó a enmarcar y la colgó en la pared principal de su estudio.

La selección de la muestra, por lo que contás, la trabajaste en frío. ¿Entonces? ¿Cómo te viste?

—Seleccioné sola, con paciencia, y cuando ya estaba terminando me llamaron para hacer una muestra en el Centro Cultural Recoleta. Pero puse mis condiciones, quería las fotos bien copiadas y enmarcadas. Eso era muy importante. Y en relación a la curación, seleccioné con ojos de fotógrafa, no con los ojos de lo que el público quiere ver. La idea no fue documentar, sino hacer, ante todo, una muestra de fotografía. Sí hay más fotos de Charly porque es al que más fotografié, pero después está todo equilibrado y hay muchas cosas que no muestro porque no sentí mostrarlo. Simplemente.

Tengo una última pregunta sobre el rock, que me parece genial que la pienses desde el lugar que estás ahora. ¿Vos creés que el rock sigue siendo un estilo popular?

—Sí. Sí. Como el fútbol. Es popular el rock. No entiendo bien a lo que vas…

Pienso. El rock era la voz de la juventud, una voz de protesta, se escuchaba en todos lados, en las radios, era lo que sonaba, había una presencia y una función que el rock hoy ha dejado de tener. Es claro, por ejemplo, que ya no hay bandas masivas nuevas, casi nadie llena un estadio. Por eso me pregunto si el rock es todavía un género popular o si fue desplazado por otros géneros que sí son masivos. ¿Qué opinás?

—Entiendo a lo que vas. Pero se me hace difícil responder. Charly es un tipo que siempre ha hablado de la situación del país y lo que está pasando, pero claro Charly es un tipo grande ahora que pienso. Y también reconozco que se terminó eso de sacar la lengua y hacer un solo de guitarra. Puede ser que las cosas hayan cambiado.

Vos te curtiste con artistas de hace treinta años o más. Hoy los jóvenes escuchan otra cosa…

—Bueno, pero Led Zeppelin es actual. Pink Floyd es actual.

Sí claro, pero son bandas de hace cincuenta años. Suenan bien, son geniales, pero son una antigüedad. Es la verdad.

—No me digas eso.

El debut de Zeppelin fue en 1968. El de Los Beatles en 1963. Pasó más de medio siglo.

—¡Ay dios! Tenés razón. Me pongo a llorar acá. No me preguntes más nada.

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Nora se ríe, piensa y juega con la cucharita del café. Aunque su presencia es impactante, por su mirada, por su corte de pelo, por sus historias, por su forma de pronunciar las palabras, cuando habla suena inocente. Mejor aún: suena despojada. Igual que como muestra a los artistas que retrata. Será eso de la sinceridad, de no caretear nada.

Su próximo proyecto está por fuera de la fotografía y nació en una sesión que le hizo al dibujante Carlos Nine, hace más de quince años. Esa tarde, cuando terminó el trabajo llamó a un amigo artista para contarle que había conocido al maestro.

—¿Le pediste que te dibujara algo?

—No, no lo iba a molestar con algo así.

—Le hubieses pedido que te hiciera cualquier cosa, un perro aunque sea.

Entonces se encendió una lamparita. A partir de ese día, Nora Lezano le pide a todos los artistas que fotografía que le dibujen un perro. Ella lleva unas hojas blancas y una fibra en el bolso, y cuando termina la sesión, o incluso cuando comparte un momento con alguien, le pide el dibujo de un perro. Firmado, por supuesto. “Tengo cientos. Hace mucho tiempo que los colecciono. Están todos archivados con un folio de acetato individual. Muy prolijitos”, explica. En el listado de dibujantes de ocasión están Paul Auster, Luis Alberto Spinetta, Vicentico, Skay Beilinson, Andrés Calamaro, Laurie Anderson, Claudio Paul Caniggia y muchos más. Hay hasta de expresidentes. Están todos en papel menos el de Charly García, que dibujó en una servilleta. Y, por supuesto, hay uno de Carlos Nine, realizado años después de aquella primera sesión de fotos.

¿Se viene otra muestra?

—Voy a hacer un libro. Ya estoy charlando con editoriales.

¿Dibujos con las fotos?

—No. Los dibujos sin las fotos. Este trabajo tiene vida propia, no necesita apoyarse en nada.

La idea de vida propia, así como la piensa Nora, puede ser una pista para alumbrar el alma del rock, si es que el rock tiene alma, claro. El rock inventó a la adolescencia, al público, al imaginario, a las leyendas, es un universo en sí mismo mucho más allá de la música. Se ve en sus fotos. Ella dijo que nunca iba a dejar el rock y dijo la verdad: coleccionar perritos dibujados y leer a Jung mientras mira cómo crecen las plantas de su jardín es su manera de seguir haciendo rock.

Que así sea entonces.

Publicado: en la Revista AJO de agosto de 2016 por Agustín Marangoni – Fotos: Esteban Ferreyro  - http://www.revistaajo.com.ar

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