Los nuevos límites del cuento

Publicado en por escabullidos

Si bien está presente en la literatura argentina desde sus orígenes, el cuento no gozó siempre del mismo prestigio ni de la misma popularidad. De un tiempo a esta parte, y apuntalado quizá por los nuevos tiempos de lectura, más reducidos y condensados, levanta cabeza y está más vivo que nunca. Samanta Schweblin, Sergio Bizzio y Martín Kohan, entre muchos otros nombres, se ocupan de darle matices nuevos y de llevarlo a límites insospechados.

Foto Alejandra López

Foto Alejandra López

Hace unos años, si un escritor confesaba que estaba embarcado en la escritura de un libro de cuentos, lo más probable era que lo hiciera con cierta renuencia, sabiendo que sería difícil colarlo en las redes de las casas editoriales locales, que los rechazaban casi sistemáticamente. El cuento, las antologías, y demás formatos breves no tenían –o habían perdido momentáneamente– presencia estelar en los catálogos. Sin negar la larga tradición de grandes escritores de relatos de nuestra literatura, de Borges –que, como sabemos, nunca escribió una novela–, a Cortázar, pasando por Silvina Ocampo y Horacio Quiroga, sin ir más lejos, daba la impresión de que las nuevas generaciones de escritores y de lectores no se volcaban de lleno a experimentar con este formato tan eminentemente literario.

Pero las cosas fueron cambiando de a poco. Y en 2015, el cuento goza de una popularidad nueva, apuntalada, quizá, por los nuevos ritmos de lectura de nuestro presente: la lectura de tiempos breves, entrecortada, que le disputa la atención a todos los otros estímulos que nos distraen y que provienen de todas las conexiones que establecemos con nuestro entorno, llámese Internet, televisión, teléfonos y un largo etcétera. En una sociedad en la que los tiempos se aceleran y nunca alcanzan, leer una novela de largo aliento es toda una aventura y un desafío a la atención y la concentración. El cuento, en cambio, de lectura más sintética, como un sacudón literario que cualquiera puede darse en un viaje corto, condensa, golpea, recorta el universo en pocas páginas y lo configura de nuevo. Hay una serie de escritores argentinos actuales que confían 100% en este formato, y lo sacuden cada vez: Samanta Schweblin, por ejemplo, que acaba de alzarse con un importante premio en España por los relatos de Siete casas vacías, tiene una prosa afiladísima que consigue arrastrarnos a atmósferas inquietantes y estremecedoras. Sus personajes están en general algo corridos de su eje, hay un halo perturbador que los hace a la vez reconocibles y profundamente extraños. O Federico Falco y Luciano Lamberti, ambos escritores cordobeses con un estilo propio para recortar sus objetos narrativos e insuflarles vida, que se destacan con 222 patitos y El asesino de chanchos o El loro que podía adivinar el futuro, respectivamente.

“Tiendo a elaborar mucho mentalmente eso que tengo intención de escribir. Puede ocurrir que escriba un cuento de una sola vez, de un tirón. Pero no me lo planteo a priori: escribo los cuentos como todo, porque tengo ganas y cuando tengo ganas.” (Martín Kohan)

 Distinto es el caso de Sergio Bizzio. El escritor y guionista va saltando de género de acuerdo a lo que dicte su deseo: lo mismo puede escribir novelas brutales como Rabia o El escritor comido que libros de poesía o nouvelles. Acaba de publicar Dos fantasías espaciales, compuesto por dos relatos largos –o dos novelas breves. “La verdad es que yo no elijo nada como escritor. Excepto en el caso de Rabia, nunca sé muy bien adónde voy ni en qué va a terminar lo que estoy haciendo, si va a ser una novela larga, una novela breve o un cuento. Me siento cómodo en el entusiasmo o en la curiosidad, y no me preocupa la extensión. La nouvelle es una preferencia que tengo como lector, es decir, me gustan las novelas que puedo leer de un solo bocado, de alrededor de cien o ciento veinte páginas. Novelas que puedo empezar y terminar sin levantar la vista”, cuenta Bizzio. Los dos relatos incluidos en este volumen tienen atmósferas prácticamente opuestas: “Estancia” es un relato de corte realista, que transcurre en el campo, y narra las dificultades de una familia citadina para penetrar en ese universo, captar sus códigos y enfrentarse a los extraños. En cambio, “Viaje al Único” responde al género fantástico, y tiene lugar en una extraña nave que flota en el espacio durante cientos de años: “Escribí uno atrás del otro. ‘Estancia’ tiene que ver con el espacio físico y ‘Viaje al Único’ con el espacio exterior, y en los dos volví a trabajar con el tema del encierro, que ya es un tema recurrente en mí. El título Dos fantasías espaciales hace referencia a las Dos fantasías memorables de Borges y Bioy. ‘Viaje al Único’ es una idea que me dio mi hijo. Habíamos escuchado una de esas noticias sobre la posibilidad de un planeta habitable para la especie humana, con el pequeño problema de que alcanzarlo llevaría unos doscientos años de viaje. A mi hijo se le ocurrió una solución: “Durante el viaje tiene que ir naciendo gente”. Me pareció brillante. ¿Qué duda cabe? Es la única forma que tenemos de trasladarnos a otra galaxia o adonde sea. La tercera o cuarta o quinta generación puede llegar a destino”, explica el escritor, que menciona los cuentos de Mishima entre sus preferidos.

Martín Kohan, que mantiene un ritmo de producción implacable, entre la novela y el ensayo, acaba de publicar, después de casi dos décadas, un nuevo libro de relatos: Cuerpo a tierra. Y sorprende la noticia porque había abandonado este género en 1998, después de Una pena extraordinaria. “No dejé de escribir cuentos en todo este tiempo. Lo que es nuevo es la publicación: la decisión de reunir algunos cuentos bastante recientes, con otros que habían ido saliendo pero de manera dispersa a lo largo de años. El deseo de escribir, que siempre estuvo, dio en un momento dado con este otro deseo: el de publicar. Descarté varios cuentos, eso sí”, confiesa. Los lectores, ante los relatos, miden de otra manera sus tiempos de lectura. ¿Les pasa lo mismo a los escritores? ¿Los cuentos requieren de otros tiempos de elaboración? ¿Qué se modifica en la escena de escritura? “Tiendo a pensar mucho, a elaborar mucho mentalmente eso que tengo intención de escribir. Mis pruebas las hago en la cabeza, no en la hoja. Por lo tanto, cuando me siento a escribir, tengo una cantidad de cosas ya más o menos resueltas. Siendo así, puede ocurrir que escriba un cuento de una sola vez, de un tirón. Pero no me lo planteo a priori: escribo los cuentos como todo, porque tengo ganas y cuando tengo ganas. Lo que pasa es que tiendo a tener muchas ganas y muchas veces”, agrega Kohan, que menciona a Borges, Onetti –por sus climas intensos–, a Felisberto Hernández, Hebe Uhart y Dorothy Parker entre los que lo fascinan. “Me interesa también el apartamiento del género de César Aira, de Alan Pauls: trato de pensar por qué, cómo”, agrega. En este sentido, entre la fascinación y el corrimiento, es interesante la operación que hace Kohan en el primero de los cuentos incluidos en Cuerpo a tierra, “El amor”, una reescritura magistral de la tan transitada relación de Martín Fierro con Cruz esta vez en clave homoerótica. El cuento tiene esa elasticidad: permite volver sobre los grandes temas con una mirada renovada. Hernández sentó las bases del vínculo, Borges lo trastocó, dotando a Cruz de una vida propia y un nombre en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”, y ahora Kohan recoge el guante y vuelve a trastocarlo. Cambian las voces, cambian las condiciones de lectura, y releemos con la misma potencia la historia de Fierro y Cruz en los tiempos del matrimonio igualitario. Este tipo de relatos, dice Kohan, “me permite subrayar la convicción de que uno escribe ante todo a partir de lo que lee”.

“Excepto en el caso de Rabia, nunca sé muy bien adónde voy ni en qué va a terminar lo que estoy haciendo, si va a ser una novela larga, una novela breve o un cuento. Me siento cómodo en el entusiasmo o en la curiosidad, y no me preocupa la extensión.” (Sergio Bizzio)

 Volviendo al tema de la lectura entrecortada, al ritmo marcado por los estímulos externos, le consultamos a Kohan sobre si el desembarco de la tecnología portátil hace que la gente pierda tiempo de la lectura o modifique sus ritmos. Él es crítico y elocuente: “Me temo, y espero no ser demasiado pesimista en mi visión, que lo que se incentiva es la lectura rápida. Es decir la lectura salteada, o en diagonal, un poco por arriba. Pero eso no lleva, según creo, a preferir los relatos breves; lleva a leer novelas de doscientos páginas en una hora, ¡creyendo que se ha leído de veras!”.

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Samanta Schweblin
Siete casas vacías

(Páginas de Espuma)

Sergio Bizzio
Dos fantasías espaciales

(Mansalva)

Martín Kohan
Cuerpo a tierra

(Eterna Cadencia)

Publicado: el 23 de noviembre de 2015 por Malena Rey en Los InRocks - http://www.losinrocks.com -

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