Femenino y masculino

Publicado en por escabullidos

Desde la figura del andrógino, masculino-femenino tienden a comprenderse como polos complementarios. Uno complemento del otro. Cada uno tiene lo que al otro le falta y en la relación se completan. Esta es una lógica masculina. Pero si atendemos nuevamente a los mitos, en el pasaje del matriarcado al patriarcado y con la llegada de los dioses patriarcales , la primera forma de amor apareció en la figura del joven amado sexualmente por el hombre, relegando a la mujer a una posición inferior.

La fusión entre lo femenino y lo masculino, cuestiona toda clasificación cultural.

La fusión entre lo femenino y lo masculino, cuestiona toda clasificación cultural.

Lo femenino, antes de ser un carácter sexual, una diferencia anatómica, una ley de la naturaleza, una energía pulsional o un deseo, ha sido un ritual. Y continúa siéndolo. Desde esa perdida memoria se abre camino su poder, su horror y su encanto.

Cita en Samarcanda. El encuentro con lo femenino

Un visir se encuentra con la muerte en el desvío de un mercado, y cree verle hacer un gesto amenazador hacia él. Corre al palacio del sultán a pedirle su mejor caballo para huir de la muerte durante la noche, lejos, muy lejos, hasta Samarcanda. Con motivo de ello el sultán convoca a la muerte al palacio para reprocharle que espante de ese modo a uno de sus mejores servidores. Pero ésta le contesta asombrada :”No he querido causarle miedo. Era solamente un gesto de sorpresa, al ver aquí a tu visir, cuando teníamos cita para mañana en Samarcanda”. (De un antiguo relato oriental).

La historia también habría podido contarse como una cita de amor: el visir, prendado de una mujer, pide al sultán el caballo más veloz para acudir al encuentro. La historia tendría los mismos elementos, aunque es más trivial. El encanto está dado porque la cita es con la muerte, y se cumple más allá de sus participantes. Fue el espanto lo que llevó al visir a Samarcanda, pero también podría haber sido el amor. El encanto del amor, y el de esta historia, tal vez proviene de que siempre se trata de una cita en Samarcanda, con el destino. Quizás es indiferente que sea el espanto o el amor, lo importante es la cita, que es fatal y se da más allá de sus protagonistas, como en todo ritual.
El visir es desviado de su camino (se-ducido) por la muerte. Paradójicamente al defenderse de la muerte es como acude a su encuentro con más certeza. Al igual que Edipo que escapando de su destino es como lo encuentra.
O tal vez el visir, más allá de su condición de sujeto, también seduce a la muerte – de allí la sorpresa de ésta – y se separa de su sultán?. Al tratarse de un cuento tenemos la libertad de interpretar en este doble sentido a ‘la muerte’: puede ser lo que mata y puede ser lo que salva. Es el doble rostro de lo femenino. Es también lo que hace que en lo femenino sean tan complejas las relaciones entre el bien y el mal, siempre claras desde la ley masculina.
El sujeto se defiende de la muerte, como también nos defendemos del amor. Pero más allá de esta condición – narcisista – de sujetos, la muerte y el amor atraen. En ambos casos se trata de la fuerza de lo femenino. El ‘sujeto’ no puede relacionarse con lo femenino porque ha sido hecho para defenderse de ello. Como decía Freud, lo femenino es lo más rechazado tanto por el sujeto hombre como por el sujeto mujer.
Un encuentro casual – en el mercado -, un gesto fallido – el de la muerte -, un destino fatal. Los mismos elementos que en Edipo. Fue un azar lo que llevó a la fatalidad?, o es lo fatal que se presenta como azar?

Hay una fuerza del sentido que tiene que ver con la ley, con la historia, con el deseo, con la transferencia. Allí nada es sin razón. Todo esto pertenece a lo masculino. Hay también una fuerza del no sentido que tiene que ver con el azar, con lo fatal, con la muerte, con el amor. Todo esto es de lo femenino.
La lógica de lo masculino – la del sentido – sepulta lo femenino. El encanto del relato en Samarcanda – su seducción – reside en que lo femenino saliendo de su sepultura ( la muerte) introduce lo ‘sin sentido’, que siempre es fatal.

La Ley (ley del Padre) configura la lógica del sentido. Con la prohibición, la ley introduce un sentido (irreversible) que hace posible la flecha del tiempo y con ella la historia. La muerte siempre queda fuera de la ley, es lo prohibido. La muerte es el peor de los pecados, y el que más averguenza. De acuerdo a la ley el visir tendría que haber pasado por el mercado y haber vuelto a lo del sultán sin accidentes. Allí hay sujeto, identidad, deseo. Pero esta lógica del sentido y de la ley mantiene sepultada otra, ya no histórica, a-histórica.
A la ley no se opone la transgresión, sino el ritual. El visir no transgrede ninguna ley, simplemente es arrastrado por un signo más allá de toda ley; y arrastrado a la obligación de un ritual. Toda ley sepulta un ritual (atemporal, cuyas formas circulan en ciclos y son reversibles). Desde lo sepultado, el ritual – lo genuino inconciente – vuelve como azar, como destino, es lo fatal. Podemos conjeturar que si la ley es masculina el ritual es femenino. Rituales del matriarcado, no naturales, arbitrarios y artificiales y tal vez por eso fatales. De allí la fuerza de lo femenino – ritual – de otro orden que la de lo masculino – la ley -. Los encantos femeninos, el maquillaje, sus signos (como el de la muerte en el mercado) son resabios del orden ritual. La diferencia no es anatómica y natural, es de signos y artificial. Puede transgredirse la ley pero no se puede estar fuera del ritual. Puede transgredirse la ley natural del sexo (transexualismo) pero sólo para presentar con más fuerza las reglas de un ritual, hechas de signos y artificios. En el mito griego, los hombres, en una era matriarcal, se disfrazaban de mujer, adoptaban sus signos para entrar en comunión con la Diosa Suprema.
Ni el encuentro, ni el gesto, ni la cita, del relato en Samarcanda, pueden darse uno sin el otro. Pero no se derivan uno de otro por intermedio de una ley (v.g. causa – efecto). Están encadenados como formando parte de un ritual. Es que la cita con la muerte, como la cita de amor, nunca es accidental, ni responde a un destino objetivo, siempre es ritual y fatal. Qué fuerza inconsciente urde esta trama?. Ninguna fuerza, es lo ritual que se ha vuelto inconsciente. Pero quién traza el plan?. No es el sujeto, conciente o inconciente. Tampoco la muerte que también se asombra. Ni el sujeto ni el objeto, es la fuerza de un término vacío, un solo signo – el gesto fallido de la muerte- como en la magia, la que opera esta conjunción. Sólo el genio fatal de lo femenino puede tener ese poder. Es que este poder no pasa por el sentido, menos por la razón. De allí su fuerza.
Sin duda, la ley -del Padre- nos protege del ritual y de la muerte. Pero es suficiente la ley?. No precisamos también de un Padre que nos ‘enseñe’, que nos inicie, en el intercambio con la muerte y con el amor?. Un Padre que nos lleve de un primer nacimiento, edípico y lleno de historias hacia un segundo nacimiento, iniciático, que inaugura un destino y donde la muerte y el amor entran en el juego.
También en la sesión psicoanalítica aparece lo femenino, es aquello que queda siempre fuera del sentido, que flota como presencia inquietante y que aparece con más fuerza cuanto más se satura de sentido la sesión. Y aparece como azar, como fatalidad, en una actuación, en la reacción terapéutica negativa (femenina?). Lo femenino es un peligro para el análisis como otrora lo fue la transferencia. Freud encontró la forma de hacer de la transferencia el motor de la cura, disponemos de medios para convocar la fuerza de lo femenino?. O llegamos allí a la “roca de base”?.

Lo femenino

Si lo femenino se acerca a algo de lo que podamos hablar, ese algo es un ritual, un encadenamiento de signos, signos arbitrarios pero obligados, signos in – significantes, como las letras de un alfabeto, signos que tienen la fuerza de desviar de la verdad del sentido, signos que llevan a ninguna verdad pero por eso fatales, signos se-ductores (seducción: desviar del camino). Si el falo es significante de significantes, lo femenino es insignificante. Se trata de un juego, es decir de algo muy serio, donde todo está en juego fundamentalmente la vida. Por eso es mucho más serio que la ‘vida real’, con la que no hay que confundirlo y de la que procuraremos diferenciarlo. Decíamos entonces que lo que configura ese ritual, la forma ritual, lo propiamente ritual, es lo femenino y que eso es lo femenino mucho antes que una diferencia de sexos.

La primitiva relación con la Madre se desarrolla a través de un intercambio de signos: miradas, sonidos, voces, gestos, olores. Esta danza de signos no responde a una ley causal, es aleatoria pero obligada, como un juego: primero una voz, luego un olor, una mirada, un grito, los signos aparecen y desaparecen y tienen un poder tremendo. Esta ceremonia dual con la madre alrededor de un ‘padre sacrificado’ está impregnada de resabios rituales, actualizados por la cultura pero que dejan adivinar su origen. Así son los cuidados maternos, la higiene, la alimentación, sus juegos. Allí las cosas no ocurren respondiendo a una ley causal, ocurren como al azar pero fatalmente, o respondiendo a signos como en la magia. Desde la lógica del sentido se ha llamado a esto pensamiento omnipotente, pero eso es psicologizar el orden ritual. En él las cosas ocurren de acuerdo a sus reglas que no son las del pensamiento. La relación con el Padre va a ser distinta, es explicada, hablada, demarcada, responde a una ley, hay causas y consecuencias. Hombres y mujeres juegan el juego de lo femenino, y siempre lo han jugado, aunque cobran distintas significaciones en el pensamiento de distinta culturas. Hoy, en nuestra obsesión clasificatoria donde dividimos lo religioso, lo político, lo artístico, lo natural; lo femenino queda circunscripto a lo sexual y aún dentro de esto a un carácter de lo sexual complementario de otro: lo masculino. Por eso resulta difícil hablar de lo sexual o lo femenino más allá de nuestra cultura, o, para usar otra metáfora, hablar de lo sexual o lo femenino en el inconsciente. En otras culturas, lo ritual es la ceremonia del mundo. Impregna la magia, son los juegos de signos que se encadenan fatalmente y mueven el mundo. En esa ceremonia no se trata aún de amor, de afectos, de deseos o pasiones, es decir no se trata de algo psíquico, siempre cargado de sentido; por supuesto tampoco es algo somático – lo psíquico y lo somático aparecen juntos y sólo a partir del sepultamiento de una dimensión que está fuera de esta oposición -. Esa ceremonia ritual es un puro juego de signos, que significan nada pero en la que está en juego todo. Es por eso enigmática -sin sentido-, como todo juego, aunque como el juego es clara en su desarrollo, no tiene misterios. Es evidente pero inexplicable. Mientras que la ‘vida real’, la psíquica, la somática, la ordenada por una ley, es oscura, cargada de sentidos ocultos. Es explicable pero latente.

Lo psíquico deviene de la destrucción, del sepultamiento de esas formas rituales. Los afectos, el amor, la pasión surgen de la descomposición de esas formas, que vuelven ahora dispersas, fragmentadas, ya no como formas sino como fuerzas, cargadas de sentido -dejan de ser enigmáticas- y llenas de misterio. Lo psíquico siempre encierra una verdad a develar, el ritual, como lo femenino, no es del orden de la verdad.
Como la ‘vida real’ no es un juego, no todo está en juego: lo femenino, como la muerte, quedan restados de la ‘vida real’. La ‘vida real’ es un encadenamiento de causas y efectos, ocurre entre sujetos, está regulada por una ley, en primer lugar de la naturaleza, es social y pertenece a un discurso de sentido, conciente e inconciente pero universal, tiene su historia y un más allá: la muerte y lo femenino. El ritual no responde al orden causal, aunque en su juego de signos nada es al azar, es del orden de lo fatal. No ocurre entre, ocurre, y no hay sujeto. Lo ritual no es universal, se agota en su propio lugar, es actual. Está fuera de la ley, pero a diferencia de ella no puede transgredirse, es fatal. No es social, es ceremonial. No tiene historia, es pre-histórico y carece de un más allá, la muerte está incluida. Lo femenino es el estar siendo, es la ceremonia de la vida y la muerte en permanente intercambio.

Lo masculino

Lo masculino es otra cosa.
Desde la figura del andrógino, masculino-femenino tienden a comprenderse como polos complementarios. Uno complemento del otro. Cada uno tiene lo que al otro le falta y en la relación se completan. Esta es una lógica masculina.
Pero si atendemos nuevamente a los mitos, en el pasaje del matriarcado al patriarcado y con la llegada de los dioses patriarcales , la primera forma de amor apareció en la figura del joven amado sexualmente por el hombre, relegando a la mujer a una posición inferior. Nada hay en esto que hable de buscar en el otro lo que a uno le falta; se debilita la idea simple de una relación de complementos y recupera complejidad la noción de diferencia.

Masculino-femenino pueden entenderse también como un par dialéctico que juega su juego en el campo común de la bisexualidad. Como en todo par dialéctico, los polos guardan también entre sí un modo de relación, modo cuyo modelo fue explicitado por Hegel en su dialéctica del amo y el esclavo (v.g. el discurso feminista, la liberación de la mujer, etc.).
Ya como complementos o como polos dialécticos, masculino y femenino se comprenden como categorías de un sujeto y por ende de un objeto en una relación sujeto-objeto. Un sujeto masculino y un objeto femenino o un sujeto femenino y un objeto masculino. Que masculino-femenino son categorías diferenciales de un sujeto corresponde a un modo de pensar donde lo que se mantiene es la idea de sujeto y lo que cambia es su atributo :sujeto, masculino o femenino, pero sujeto. Modo de pensar que tiene sus límites, o para decirlo en términos psicoanalíticos, que se sostiene en tanto deja algo reprimido. Cabe pues el análisis de tal modo de pensar en el intento de hacer aparecer aquello que del mismo ha quedado sustraído. Y lo que ha quedado sustraído es una dimensión de lo femenino que está ausente en todas las variantes de ese modo de pensar. La cuestión es dilucidar lo femenino fuera de la oposición dialéctica masculino-femenino.
La relación masculino-femenino responde al modelo de la relación sujeto-objeto. Se parte de que el sujeto se relaciona con su objeto, que puede comprenderlo, conocerlo, dominarlo, hacerlo esclavo. Sin embargo ocurre que allí donde creemos tener acorralado al objeto, éste siempre se corre evidenciando su radical extrañeza. Es lo que ocurre con cualquier ciencia; cuando ha comprendido a su objeto éste ya está en otro lado. Decimos entonces que el objeto es la parte alienada del sujeto, su parte maldita. Pero se trata siempre de un objeto subjetivado, objeto privado de la condición de sujeto, objeto esclavo del sujeto. Del mismo modo tendemos a considerar lo femenino desde una lógica masculina, una lógica polar donde lo femenino es el otro polo de lo masculino y por lo mismo, siguiendo el movimiento dialéctico, puede un día rebelarse y dominar a su señor.
Pero cabe otra hipótesis en la que el objeto ya no sería un sujeto degradado, lo alienado del sujeto, sería el objeto puro en su radical alteridad. También masculino-femenino pueden pensarse fuera de esa relación polar. Lo femenino es entonces lo otro diferente, ni opuesto ni complementario. Desde aquí, sujeto y objeto como masculino y femenino pertenecen a campos diferentes. No se trata de relación de complementos ni de relación dialéctica.
La relación sujeto-objeto pertenece al discurso, el sujeto sólo es del discurso. Objeto, en cambio, como lo femenino, es aquello siempre esquivo al discurso, lo genuino inconsciente, fuera del sujeto.

El psicoanálisis ha hablado de bisexualidad, y aunque muchas veces se la haya reducido a un discurso biológico, la noción de bisexualidad plantea otras cuestiones. Todos somos tan femeninos como masculinos, tan objetos como sujetos. Pero entender esto presupone un cambio, en el cual estas palabras pasan a jugar en otra lógica.
Cabe preguntarse qué es lo femenino?
Ha sido Freud con el psicoanálisis (aunque se le haya hecho el reproche de no haber comprendido a la mujer) quien ha tendido las líneas que permiten acercarnos a la pregunta. Es cierto que no esclareció lo femenino, pero supo mantenerlo como enigma. Habló de activo-pasivo y de fálico-castrado sin reducir lo femenino a estos conceptos. Muy tempranamente planteó que la libido es masculina en tanto es buscadora de objetos, aclarando al mismo tiempo que esta actividad ‘buscadora’ incluye tanto la posición activa como la pasiva. Activo-pasivo, buscar o ser buscado corresponde a lo masculino, son vicisitudes de la libido -masculina-. También la polaridad fálico-castrado se da dentro de lo masculino. En cuanto a lo femenino plantea que no hay representación inconsciente del genital femenino, como tampoco la hay de la muerte y más tarde asevera que lo femenino es lo más rechazado, tanto por el hombre como por la mujer, lo cual previene de equiparar demasiado rápidamente masculino-femenino con hombre-mujer.

Lo masculino desea, lo femenino es

Extendiendo la afirmación de Freud que caracteriza la libido como masculina en tanto es buscadora de objetos, digamos en la misma línea que el deseo es masculino. El deseo tanto en su forma activa como pasiva, tanto en su satisfacción como en su frustración presupone una distancia del objeto y una diferencia sujeto-objeto. El deseo es siempre de un sujeto. No hay deseo sin sujeto ni sujeto sin deseo. Deseo y sujeto se coimplican. Avanzando un poco más agreguemos que deseo y sujeto sólo aparecen en el discurso. Es el discurso que establece un sujeto y su deseo. Lo masculino es del orden del sujeto y del deseo. Podríamos representar al sujeto por un círculo, y su deseo, como tendencia hacia, por una flecha que parte de ese círculo. Es el símbolo de lo masculino. Como decía Freud, hay una sola libido y es masculina. Naturalmente, llamarla masculina es una convención ( ?), pero lo que importa en esto es la forma y hay una sola forma, fálica, de la que queda fuera lo femenino. El falo es el monumento conmemorativo de lo femenino sepultado; sobre lo femenino el falo inaugura otra lógica. El psicoanálisis ha prestado una atención especial a lo masculino y a todo lo que se deriva a partir de él en términos de un psiquismo del sujeto, con una identidad y un deseo.

Así sabemos que el sujeto nace en el espejo, su lugar de producción imaginario; que la identidad es siempre en referencia a una imagen especular; y que el deseo sólo es en la identidad de percepción. Lo masculino, la libido, el deseo, actúan dentro de esa lógica del espejo. Siempre hay un reflejo -ley de referencia- que duplica y nos remite al referente, un sustrato real, inencontrable, pero del que tenemos su imagen especular. Así son el deseo y la transferencia, basados en la identidad de percepción. La lógica de lo masculino es la lógica del espejo y el espejo es la ley referencial. En lo masculino siempre se está donde no se es. Se está en el espejo, se es en otra parte. Esta duplicación alimenta el deseo. Hay un ‘real’ separado de su imaginario como el sustrato real, inencontrable, está separado de su imagen especular; luego viene lo simbólico a ordenar esa lógica.
El orden real de la muerte es el imaginario para la vida, y la realidad de esta vida implica el fantasma continuo de la muerte. Esta separación por ‘ley’ sostiene también la idea de un sentido, irreversible.

Lo femenino pertenece a otra lógica. Sustrayéndose a esta lógica de separación escapa al juego de lo real – lo simbólico pertenece a esta lógica. El efecto de real se sostiene en la oposición entre real e imaginario. Y el principio de realidad es esa estructura de oposición entre dos términos, instaurada por ‘ley’ y extendida a todos los niveles. Todo principio de realidad se sostiene merced a su opuesto imaginario, que debe quedar separado. La realidad – lo imaginario. Es lo que reversibiliza el sentido al introducir el sin-sentido, como en el rasgo de humor o la muerte. Desaparece el efecto espejo. No hay un sujeto que es y un objeto que refleja, lo que es propio de una relación polar -dialéctica- y especular -narcisista-, como la relación masculino-femenino. En lo femenino la relación no es polar -de uno con uno-, es dual, como en la danza, en el coito, en el ritual. Es una danza de apariencias y signos desnudos, sin real e imaginario. En lo femenino lo real, siempre tapado por lo imaginario y conjurado por lo simbólico, aparece, pero parafraseando a Nietzsche diremos : no creemos que lo real siga siendo real cuando se le quita el velo. Y aquí se produce un salto lógico que implica a su vez un cambio en la condición -narcisista- de sujeto. Desde lo masculino lo real es trauma, pero al pasar a lo femenino lo real es juego. Es la doble condición de lo sexual :trauma y juego. La visión del genital femenino es traumática (Freud), pero es la presencia del trauma lo que introduce en el juego ritual del sexo. Es en los desequilibrios de esa doble condición de lo sexual donde aparece la enfermedad. El pasaje de lo real -traumático- al juego está dado por la inclusión de la muerte y lo femenino, que pierden entonces su carácter imaginario como la vida pierde su carácter real, para pasar a ser juego, el juego serio de la vida. El encanto de todo juego, a diferencia de la vida real, consiste en que la muerte está en juego.
Si el sentido se sostiene en la distinción entre un discurso manifiesto y un contenido latente. Si el sentido se sostiene mientras haya una verdad oculta. Una vez corridos todos los velos, atravesados todos los fantasmas, lo real aparece y es trauma. Allí se acaba el sentido oculto, es la cita en Samarcanda que da lugar a lo femenino. Pasamos al otro lado del espejo: lo real deja de ser real y pasa a ser juego. El juego de signos que va haciendo mundo.

Publicado: el 16 de octubre de 2015 por Alberto Loschi para Contrainfo http://www.contrainfo.com

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